Hace tiempo que el Barça no juega un fútbol colectivo. Sí lo hace de forma individual y casi siempre con maestría y genialidad. Posee unas individualidades fantásticas, capaces de hacer diabluras. Pero la seña de identidad de este equipo campeón fue su capacidad de creación colectiva, su juego asociativo: presión muy arriba, líneas juntísimas, reacción desbordante ante la pérdida de cualquier balón y un hambre inmensa de hacerse un hueco en la historia del fútbol. Sobre estas bases se edificó un conjunto fabuloso que asombró al mundo durante dos años.
A partir de ahí llegaron los problemas. El mayor error de todo campeón es dormirse en los laureles, dejarse llevar por la placidez de los elogios infinitos. Saciado de títulos y de halagos, el Barça se dejó ir. Desde la conquista de la Champions, las virtudes colectivas menguaron aunque las habilidades individuales continúan vigentes. El juego asociativo se ha reducido a la mínima expresión, como si el vestuario hubiera decidido reservarlo en cuentagotas para algunas grandes ocasiones. Se ha perdido una final por un acto de soberbia; otra, por una escasa condición física; y, en general, el público sigue a la espera de que reaparezcan las virtudes colectivas, a la vista de lo cual todo se fía al genio individual, error grave en un deporte de equipo.
El Barça ya no sale a ganar los partidos, sino a verlas venir, como si le costase espabilar, como si jugar al fútbol ya no fuese algo agradable y ameno, sino una obligación profesional. Como si los títulos le pertenecieran de oficio y no hubiese que sudar a diario, en todos los campos y en todos los aspectos. Como si las vacaciones y el festejo fuesen eternos. Por supuesto, cuando quiere, cuando se ve exigido hasta la agonía, cuando se pone las pilas, el Barça regresa a su fútbol, pero casi siempre de la mano de los individuos y no del colectivo. Y así vemos que en el campo donde se ganan las ligas, en Getafe, estadio ajeno a cualquier glamour, gélido, desapacible y gris, al Barça apenas le ha alcanzado para un inmerecido empate. En el mismo estadio gris donde ganó en los dos últimos partidos de las dos últimas ligas. Uns simbología muy significativa.